Otro consumidor es posible

Jesús MORENO LED

 

   
 

El mercado es el dios
“Para complicar las cosas, una sociedad consumista necesita que la gente sea incapaz de reprimir las ganas, porque el mercado debe ampliar continuamente los deseos y la satisfacción de los deseos”(1).
Así lo explica el filósofo. Y un amigo, espontáneamente, pero en serio, lo reflejó así: ¡Qué bien: he comprado lo que no necesitaba! Le debió traicionar el inconsciente, porque en el diálogo que siguió cambió el ‘necesitaba’ por lo ‘deseaba’. Era una víctima, sin saberlo, o, por no adelantar acontecimientos, un hijo dócil de la sociedad de consumo.
Estamos en la sociedad del Mercado con mayúscula. Producir para consumir; consumir para producir; intercambiar para producir y consumir. Este puede ser el resumen de la ideología que domina hoy. El fin es el enriquecimiento de los amos del Mercado. El mercado ya no es un medio para el necesario y mutuo intercambio entre las personas y los pueblos. Es el fin al que todo se ha de someter: personas y cosas, naturaleza y medio ambiente, ciencia y tecnología. Hasta Dios al que se presenta blasfemamente como el sostenedor de todo esto para que haya, dicen, paz y tranquilidad en el mundo.
El mercado no funciona sin consumo. Y el consumo no crece sin deseo. El deseo no se desarrolla sin necesidades. Creemos, pues, las necesidades. Y nos las crean. Después, nos las creamos nosotros, nos convencemos de que lo necesitamos. La vida no se disfruta sin los deseos y necesidades satisfechos. Un deseo sin cumplir nos traumatiza y nos convierte en inferiores, en seres no ‘realizados’.
La publicidad se encarga de normalizar todo este proceso. Es el gran gurú de la sociedad de consumo. “Hoy estamos gobernados por la economía, por el mercado, por un sistema que no hace feliz a la gente, pero en el que la publicidad juega un gran papel condicionando a la población, inventando deseos, ocultando que cada vez es mayor la diferencia entre ricos y pobres, entre unos países y otros… La publicidad es el brazo armado de la sociedad de consumo”(2).


La mentira, su verdad
Este tipo de sociedad ha sido creado y es mantenido para beneficio de las transnacionales que dominan ya incluso a los gobiernos y a sus países, cuya economía depende de mantener esta organización comercial. Esto es tan repugnante incluso para ellos que echan mano de la mentira. Y ninguna mentira más ‘soportable’ para ellos y para todos, que la disfrazada de solidaridad.
A ella, a la mentira con solidaridad, se han subido las transnacionales y su gurú, su brazo armado: la publicidad. Vende mercancías con un discurso solidario. Las marcas nos son vendidas con etiquetas solidarias. La televisión nos ofrece ‘noticias y campañas solidarias’, patrocinadas por marcas comerciales. Han llegado al cinismo supremo haciendo como que critican la sociedad de consumo a la vez que nos hacen consumir. El discurso crítico sobre la sociedad de consumo lo emplean como imagen de marca, por ejemplo, Audi, Pepsi Cola, Benetton… Coca Cola nos presentó una campaña en la que la palabra Cola-Bora, así, llevaba la misma grafía y estilo que su conocida presentación de marca. La mentira de la publicidad reivindica la revolución, apela a la justicia, promueve el cambio del mundo. Así las campañas ‘Benetton contra el racismo, con los rostros de la pobreza’, ‘Body shop solidaria’, ‘Pepsi-Cola con los jóvenes solidarios’(3)... Hasta crean fundaciones y obras sociales para justificar el dinero que nos roban en el mercado a los incautos consumidores. Pretenden hacernos ver que contribuimos al compromiso contra la pobreza comprando refrescos, ropa, gafas, leche o lo que sea a determinadas marcas.
Nunca los pobres han sido tan maltratados, masacrados y cosificados como en estos tiempos de abundancia para los menos. Los pobres como objeto de consumo. A eso han sido reducidos por la mentira de la publicidad. Parafraseando a San Pablo, es la consecuencia de haber cambiado la verdad del hombre por la mentira del mercado y de dar culto al dinero en lugar de defender el hombre que es el digno por siempre(4). Los sacrificados, por tanto, en este sistema de mercado son los pobres. Su sacrificio es la fuerza ‘que nos salva’ en esta sociedad. Ellos son la ofrenda a nuestra riqueza. Ya sabemos que toda religión no humanizada exige sacrificios de alguien.
La publicidad nos transmite “que el sistema (de mercado y consumo) que la sostiene es el mejor y único posible. Que su realidad es la realidad. Pero nos oculta que el paraíso del consumo está edificado sobre el sufrimiento humano, que los bienes… esconden a menudo unas terribles condiciones de producción y que el feroz proceso de acumulación que tiñe de mugre y de sangre el glamour de las marcas nos necesita para seguir funcionando”(5).


Discípulos del mercado, todos

Porque reproducimos en nuestras vidas lo que criticamos en nuestras conversaciones. Estamos los que criticamos al sistema cuando no nos podemos aprovechar de él todo lo que querríamos, cuando gozamos a tope de sus ventajas. Nos movemos como uno más, entre los que criticamos el consumismo, pero consumimos todo lo que podemos, hasta donde podemos y más de lo que podemos. Ponemos el grito en el cielo ante la injusticia de un sistema económico que se mantiene sobre la diferencia escandalosa de los beneficiados, quede fuera quien quede. Condenamos a los que defienden los intereses de los fuertes y, sin embargo, los sostenemos con nuestro modo de vivir y de consumir.
Nuestra crítica no es limpia si no estamos dispuestos al cambio, a dejar de ser discípulos de este sistema. Es, así, una crítica que esconde o camufla nuestra frustración porque no podemos o no nos permiten participar de la tarta todo lo que querríamos. Este modo de comportamiento mantiene la injusticia del sistema y nos lleva a la amargura de no poder tener y disfrutar lo que deseamos. Y nos hace infelices. “La gente feliz no consume”(6).
El camino es otro. Sencillamente salirnos del sistema, no participar en su estrategia de injusticia, pobreza y muerte. Se trata de plantearnos muy seriamente un modo de vivir, de consumir y de actuar radicalmente distinto al que nos propone hoy este sistema. Es cuestión de decidirse entre ser sus mantenedores o ponernos enfrente de él. Consiste en buscar la felicidad personal, de nuestra familia y de todos por otro camino. Búsqueda que pasa, por ejemplo, por respetar los derechos prioritarios de los pobres, por la sencillez y austeridad de vida, por la solidaridad. Y poner manos a la obra: trabajar generosa y activamente en grupos y comunidades que toman opciones concretas contra el sistema. La avalancha del sistema que nos obliga a la insolidaridad, al consumo descontrolado, a la masacre de los pobres, a la defensa de situaciones privilegiadas, es pesada, grande y fuerte. Sólo puede ser contrarrestada con grupos y comunidades que nos capaciten para la sencillez y la solidaridad real y efectiva.
Si añadimos a todo esto, o ponemos como primer componente, unas gotas o mejor, un chorro) de fe cristiana, entonces tenemos ya preparado el cóctel de la solidaridad, de la felicidad compartida. Cóctel para la actuación. Por ejemplo:


Consumo responsable

Sin pan, sin vestido, sin casa, sin trabajo, sin cultura… nadie puede vivir en dignidad humana. Necesitamos consumir para vivir. La ideología liberal-capitalista dominante, que se sustenta en lo que acabamos de describir, invierte los términos: vivir para consumir. El tener sobre el ser. El egoísmo sobre el amor. Las cosas sobre las personas. El consumir sobre el vivir.


Frente al consumo compulsivo (consumir por consumir, necesidad de consumir para sentirse vivo), el consumo responsable. El consumo como decisión humana libre para vivir digna, solidaria y respetuosamente con todos y con todo.


+ “Al descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una imagen integral del hombre que respete todas las dimensiones de su ser y que subordine las materiales e instintivas a las interiores y espirituales. Por el contrario, al dirigirse directamente a sus instintos, prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal, consciente y libre, se pueden crear hábitos de consumos y estilo de vida objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso perjudiciales para su salud física y espiritual”(7).


Dos concepciones opuestas de la vida es lo que nos propone Juan Pablo II en este texto. Un modo de vivir que se somete a los instintos materialistas del puro tener y un planteamiento de la existencia con una imagen integral del hombre con sus dimensiones interiores, espirituales y solidarias como base.
Esta es la primera decisión a tomar. Vivirse y no permitir que los demás nos vivan, nos programen, nos manipulen. Ser uno mismo y serlo al completo. Que ni las cosas ni los intereses propios ni de otros nos sometan. Convencimiento de nuestra dignidad y responsabilidad personales.


Esta opción personal nos lleva a que nuestro necesario consumo se centre “en la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien común, así como la comunión con los demás hombres”(8).


+ Consumir menos para compartir más. En nuestro programa de consumo nunca puede faltar la situación de los que no pueden consumir ni lo imprescindible para vivir. Esto nos llevará a hacer realidad, a encarnar nuestro “deber de ayudar con lo propio ‘superfluo’ y, a veces, incluso con lo propio ‘necesario’ para dar al pobre lo indispensable para vivir”(9). Entendiendo bien que lo ‘superfluo’ no es lo que nos sobra después de tenerlo todo. Esto superfluo no existe: siempre necesitamos más si hemos apostado por un estilo de vida consumista. Lo superfluo es todo lo que no nos hace falta, una vez cubiertas las necesidades básicas. Entonces sólo queda lo necesario, que también se estará dispuesto a compartir.


+ Consumir con la naturaleza. Sólo aquello que no la daña, que no abusa de ella, que no la destruye. Lo que daña a la naturaleza nos daña a nosotros como seres vivos que formamos parte de esa naturaleza. Un consumo que respete, como don de Dios y de la vida, los bosques, el aire, el agua, la capa de ozono, la biosfera… Evitar toda clase de productos que violen a la madre naturaleza. Aunque no fuera más que por puro egoísmo: Dios perdona siempre; el hombre, algunas veces; la naturaleza, nunca, como dice la sabiduría popular.


+ Consumir selectivamente. Aspecto importante. Para ello es necesario informarse, mirar las etiquetas y marcas, conocerlas. Como criterio general podría servir éste: no consumir nunca productos de transnacionales o nacionales que destruyan o no respetan la naturaleza, que contaminen el ambiente, que malpagan y malvaloran las materias primas de los países empobrecidos, que pagan salarios de hambre a los obreros del tercer y cuarto mundos, que sangran a los países más empobrecidos y no invierten nada en ellos…
Sirvan algunos ejemplos. Michael Jordan, el jugador de baloncesto que recientemente se ha despedido de su actividad deportiva, recibía al año 20 millones de dólares por hacer publicidad de la marca NIKE. Esos 20 millones son una cifra muy superior a la suma total de los sueldos que, durante un año, cobran los miles de indonesios, muchos de ellos niños, que trabajan para NIKE.
NESTLÉ reclamó a Etiopía (África) seis millones de dólares como indemnización por la nacionalización, en 1975, de una empresa Nestlé por parte del gobierno etíope. Y todos sabemos que Etiopía es uno de los países en los que más hambre pasa la población. La suma reclamada (intento de robo ‘legal’, más bien) le supone a Nestlé el 0,007 de sus ingresos anuales. Una auténtica miseria para la marca y algo vital para Etiopía. Y más grave si cabe: el gobierno etíope se tuvo que declarar dispuesto a pagar porque llevar colgado el cartel de moroso le cierra el grifo de los préstamos de los organismos internacionales y provoca la huida de cualquier inversor extranjero. ¡Cómo se ayudan los grandes de este mundo! La facturación anual de Nestlé es 13 veces superior al producto nacional bruto de Etiopía.
La empresa KRAFT, propietaria de SAIMAZA, obtiene grandes beneficios de sus marcas de café, mientras paga a los pequeños productores tan poco que muchas familias no pueden hacer frente a las necesidades básicas como comprar comida y medicinas. “Es una injusticia que cuatro grandes transnacionales controlen el mercado del café. Es injusto que sean cada vez más y más ricas a costa de nuestra hambre y miseria”(10). Pero, eso sí, Kraft ha presentado su balance económico anual que este año ha reflejado un incremento de beneficios del 80%(11).
La lista se puede alargar y alargar. A informarse tocan. Muchas de las marcas más famosas están fabricadas con los salarios de auténtica miseria de los existentes en el Tercer y Cuarto Mundo. Se trata, por tanto de consumir productos y marcas de los que sepamos a ciencia cierta que no son producto de tanta injusticia.


Comercio justo
El actual funcionamiento del comercio internacional es una de las causas estructurales del empobrecimiento de muchos países del Sur. El llamado comercio justo es, no la solución, pero sí una forma de implicarse en una práctica eficaz de solidaridad con los pueblos del Sur que ataca esta causa. Es, además, una práctica en la que todos estamos implicados”(12).
Con el comercio justo nos encontramos ante un medio concreto y eficaz para contrarrestar el dominio absoluto del mercado mundial tal como está organizado. Evidentemente, no está en condiciones de sustituir al libre mercado a la hora de proporcionar todo lo que necesitamos para vivir. Aunque, de entrada, tiene ya una gran fuerza solidaria y de formación de las conciencias, porque nos ayuda a asumir conscientemente nuestra responsabilidad de consumidores y nos abre otras posibilidades. Estamos convencidos de ello quienes queremos trabajar responsablemente en este campo.
Por eso, necesitamos conocerlo. Nos hará bien a todos. Conocerlo, además, ayuda a que crezca esta posibilidad transformadora y a que todos busquemos el modo de participar en él.
El comercio justo se opone al comercio libre. Parten de ‘filosofías’ diametralmente opuestas. Una filosofía del compartir, de la justicia, de los derechos de los pobres… frente a una filosofía del negocio, del acaparar, de la marginación de los pobres, del enriquecimiento de los ya enriquecidos… Estas distintas filosofías implican, llevan consigo, actitudes y objetivos distintos.
El comercio libre persigue el aumento de ganancias en las manos de los ya dueños del dinero. Persigue mantener y aumentar el nivel de bienestar y consumo, a costa de otros, de los que vivimos en los países enriquecidos. Multiplica los productos, cada vez más innecesarios de cara a una vida sanamente humana y solidaria. Cada vez tenemos más cacharros inútiles y sobrantes.
El comercio justo se centra en las personas y en su dignidad. Su objetivo no es el enriquecimiento de los ricos y el mayor consumo de los que ya consumimos demasiado, sino que pretende que vivan en dignidad las personas que producen con su trabajo aquello que consumimos los que tenemos dinero. Para ello, el comercio justo elimina los intermediarios abusivos entre productor y consumidor; los productores reciben un salario justo que les permita vivir dignamente. Los productores son los primeros beneficiados, aunque a los consumidores nos cueste un poco más, porque los productos no son tan masivos, pero sí más naturales.
Vayamos a los ejemplos que aclaran lo que estamos diciendo. Con una hora de trabajo un obrero, español por ejemplo, puede comprar 4 kgs. de pan. Un trabajador, nigeriano por ejemplo, podrá comprar 300 gramos de pan. Es consecuencia del comercio libre: paga poco al obrero de Nigeria, pero, por lo que él produce, nosotros pagamos un precio elevado. ¿Por qué? Porque al nigeriano le sucede lo mismo que a ese campesino de Nicaragua: para recoger un saco de café de 60 kgs. debe trabajar con toda su familia durante dos o tres semanas. De cada euro que pagamos en la tienda por el café, el nicaragüense con su familia recibe un 5% aproximadamente. Y es que el precio de ese café ha sido fijado en la Bolsa de Nueva York. Y ahí el campesino nicaragüense o nigeriano o brasileño no es que importen demasiado.
El comercio libre lleva a los países a consecuencias como éstas. Países con problemas de alimentación y de hambre exportan gran parte de su producción agrícola. Malasia, el 73%; Gambia, el 60%; Sri Lanka, el 57%; Kenia, el 46%… La agricultura, pues, de muchos países del Sur está orientada a producir para exportar a los países del Norte. Para que podamos consumir hasta de manera exótica. Se produce allí para que lo consumamos aquí. Ni los grandes terratenientes, ni las grandes transnacionales producen para erradicar hambres y pobrezas, sino que producen explotando y venden ganando y ganando y ganando.
El mercado y el comercio justos lo impulsan diversas ONG y comunidades religiosas que compran directamente los productos a cooperativas de trabajadores o a cooperativas creadas por esas mismas organizaciones y los comercializan, sin intermediarios, pagando un precio justo a los trabajadores.
Nació en Holanda en 1969. Actualmente está presente ya en muchos países. En Europa hay ya alrededor de 10.000 tiendas de comercio justo, que suelen presentarse como TIENDAS SOLIDARIAS.
El comercio justo garantiza unas condiciones laborales dignas y ha de ser respetuoso con el medio ambiente. Los beneficios se destinan a proyectos de mejora social. El salario de los trabajadores debe ser digno. El grupo productor debe promover la igualdad entre el hombre y la mujer, así como buscar el desarrollo del conjunto de la población y tener un funcionamiento democrático. La producción debe respetar el entorno social y natural y el producto tiene que ser de calidad. El comercio justo es una cuestión de dignidad: el derecho a la dignidad humana, a unas condiciones de trabajo y a unos salarios justos (que permitan vivir dignamente), a una eficacia económica al servicio de las necesidades sociales. Es otra forma de relación económica fundada en la dignidad y no en la ley del más fuerte”(13).
Planteadas así las cosas, no es extraño que nos cuesten un poco más los productos del comercio justo. Pero sabemos por qué y para qué. Esta propuesta sólo se puede aceptar desde la generosidad y desde la ‘filosofía’ a la que hemos hecho referencia. Porque sabemos que hacemos algo importante: el intercambio con los empobrecidos de este sistema no es de donativos coyunturales (aunque todavía necesarios), sino de solidaridad innovadora, de intercambio más justo. Pagamos lo que debemos pagar para que cobre y viva dignamente quien debe cobrar y tiene derecho a vivir con dignidad.
Así haremos posibles pequeños milagros (multiplicación hoy de los panes y los peces) como que en Bangladesh pueda vivir una agrupación de 35 pequeñas cooperativas de mujeres que trabajan por su promoción y por la desaparición de la explotación infantil en el trabajo. Y todo gracias a que sus productos textiles se venden directamente en las Tiendas Solidarias del comercio justo. Y, como éste, abundan los ejemplos.

Juntos, coordinados, unidos
Si algo queda claro en este imperialismo económico actual es la coincidencia y total coordinación de los fuertes. Sus objetivos e intereses son los mismos. La coordinación entre ellos, total, espontánea, ‘natural’. Sólo se dañan para ver quién consigue más. Está claro que “los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz”(14). Aprendamos de ellos la estrategia de la coordinación, de la unión. Por otros motivos, claro está. Por los opuestos a los de ellos.
Comunicarnos entre nosotros. Boca a boca, calle a calle, manzana a manzana, grupo a grupo, comunidad a comunidad. Ampliar esta comunicación interpersonal con el contacto y unión a organizaciones populares de base, a iniciativas de escuelas, de universidades, de sindicatos, de vecinos, de comunidades religiosas… Emplear los medios masivos de comunicación, en la medida que podamos, y los medios nuestros, por muy sencillos que nos puedan parecer o que realmente sean.
Boicotear directamente, en nuestra acción personal y familiar y haciendo tomar conciencia de ello a todos los consumidores, todas las marcas y productos que con toda seguridad sepamos que están en la órbita del imperialismo comercial del mercado. Unirnos a campañas con este objetivo o crearlas nosotros allí donde vivimos. Proclamando nombres concretos. Todos los consumidores hemos de tomar conciencia de que este tema nos afecta y de que nuestro esfuerzo, unión y compromiso no serán en vano. En este mundo organizado para consumir y en el que el capital se mueve sólo por los beneficios que pueda obtener, acciones de este tipo influyen, aunque no lo parezca. Nestlé, en el asunto que hemos citado, rectificó en parte por la presión de determinadas ONGs.
Esto podemos hacer los consumidores. Para ello, hemos de convertir nuestro necesario consumo en un medio de hacer frente al poderoso mercado libre e imperialista. No nos pide un esfuerzo añadido. Sí nos pide ser coherentes con lo que sabemos y pensamos y ser éticos en nuestra actuación personal y familiar. Sí nos pide dedicar un poco de tiempo, hasta que sea una buena costumbre adquirida, a seleccionar los productos que compramos. Sí nos pide superar la tentación tan frecuente de que como la mayoría no lo hace, no va a servir de nada, las grandes compañías no lo van a notar. Sí que lo van a notar, aunque no sea todo lo que querríamos. ¿Por qué no pensar, más esperanzadamente, que la extensión de acciones así es posible y que llegará el día en que millones de personas frenemos el enriquecimiento indecente de los que ya nadan en la abundancia? Porque…


Lo pequeño es revolucionario

Es verdad. Sin este convencimiento, el consumo responsable y el comercio justo nos parecen la insignificancia de una gota de agua frente a la inmensidad del mar. Pero igualmente es cierto que la inmensidad se forma con pequeñas, muchas eso sí, gotas de agua. Se trata, pues, sencillamente de creer en la fortaleza de las gotas unidas. La tuya y la mía, las nuestras.
Algo así nos transmite la conocida historia de David y Goliat(15). Goliat siempre ha sido Goliat. Es decir: poderoso, dominante, bravucón y violento. Apabullante. Y David siempre ha ido de David por la vida: pequeño, el más flojo de los hermanos, pastor no guerrero. Pero valiente amigo de los asustados ante Goliat.
Las armas, las leyes del mercado, el capital, los intereses de los grandes y de sus escuderos, los medios de comunicación en manos del Goliat de hoy, las transnacionales… son Goliat hoy. David sigue siendo el pequeño, pero solidario. Trabaja diaria y calladamente. Le nace del corazón comprometerse con el bien y a favor de los humildes y humillados. Tiene el corazón lleno de esperanza y de confianza. Y hasta con un bastante de rabia y mucho de rebeldía. Es decir: con un bastante de compasión activa y entregada.
Por eso es revolucionario. Sólo el que ama y mira a su alrededor con amor puede cambiar poco a poco este mundo y su juego de opresiones. Goliat, el de ayer, el de hoy, el de mañana, sólo sabe dominar, asustar, aprovecharse, servir a los suyos. Goliat sería hoy más Goliat de lo que es si no hubiera existido y si no existiera hoy David.
David triunfará sin violencias. “Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso”(16). En un lenguaje cultural pasajero de armas y de guerras, el bíblico en este caso, se nos entrega este mensaje cierto de esperanza salvadora: lo pequeño es revolucionario, transformador, porque se hace “en el nombre del Señor”. Por eso es cuestión de confianza en Dios y en el ser humano. El pequeño David contra el omnipresente Goliat. Una pequeña onda frente a la malla de 55 kilos de bronce. Por ejemplo.

Notas:

(1) José Antonio Marina. HABLEMOS DE LA VIDA. Diálogo con Nativel Preciado. Madrid 2002, pág. 96
(2) Frédéric Beigbeder. EL PAÍS, Suplmento Babelia; 23-02-02; pág. 9.
(3) Cfr. ANGELES DÍEZ RODRÍGUEZ: Medios de comunicación y el espectáculo de la miseria. En NOTICIAS OBRERAS. Madrid. N 1323, 1-16 nov. 2002; pág. 703-710.
(4) Cfr. Rom 1,25
(5) MARÍA JOSÉ LUCERGA PÉREZ: ¿Te gusta consumir? El papel de la publicidad en el nuevo capitalismo globalizado. En NOTICIAS OBRERAS. Madrid. N 1334-1335, pág. 252.
(6) Frédéric Beigbeder, o.c.
(7) JUAN PABLO II: Sollicitudo Rei Socialis, 36.
(8) JUAN PABLO II: Centessimus Annus, 36
(9) Idem
(10) JOSÉ DANIEL CHINCHILLA, pequeño productor hondureño de café.
(11)Información de la ONG Intermón Oxfam.
(12) FRANCISCO PORCAR: El comercio justo. NOTICIAS OBRERAS. Madrid. N 1186; pág. 27.30. De este artículo están sacados bastantes de los datos aportados.
(13) CARMEN FERNÁNDEZ. Texto que guardo y cuya cita de referencia no anoté en mi cuaderno
personal.
(14) Lc 16,8
(15) 1 Sam 17
(16) 1 Sam 17,45

   
 


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