Primer premio del Concurso de Páginas Neobíblicas
convocado por la Agenda Latinoamericana-Mundial'2002
en su VII edición.
Vea la nueva convocatoria que hace la Agenda'2003 (VIII edición).

 

El Pecado de Onán

(Génesis 38,1-30; Deuteronomio 25,5-10)

 

Quiero contarles señores
una historia repetida,
una maldad conocida
con ásperos sinsabores;
que provoca los dolores,
que sin piedad se reencarna;
una costumbre amarga
que castiga a los más pobres.

Quiero dar mi información
porque es bueno hacer presente
cómo tratar a la gente
que teniendo una misión
se extravía en su ambición,
se arruina en la codicia,
hace gala de malicia
y descuida su función.

Es la historia de Onán
y de Tamar, su cuñada,
la que fuera destinada
a ser privada del pan;
por no quererla ayudar
el hermano del difunto,
en un esfuerzo conjunto
por su nombre perpetuar.

Murióse Er, su esposo,
sin dejarle ningún hijo.
Por malvado lo maldijo
el Dios misericordioso.
El Señor, el Poderoso
lo canceló de su amor;
se secó como una flor
y entró en oscuro reposo.

Tocaba el turno a Onán
de socorrer a su hermano;
tenía en su propia mano
la gran oportunidad
de conseguirle heredad,
de darle una descendencia,
de prolongar su presencia
entre la comunidad.

Y prefirió el miserable
derramar su semilla,
hacer barro con la arcilla,
en lugar de ser buen padre.
Eligió como un cobarde
perderse en la triste nada,
no ayudar a su cuñada
ni renunciar a sus planes.

Y fue que murió Onán.
Pero quiso reencarnarse,
y así al menos perpetuarse
en clonación de maldad.
Ahora vive en la ciudad,
trabaja de político
de corazón raquítico
saciado de vanidad.

Su interés es siempre el propio;
auxiliar a los hermanos
será para los extraños;
para sí, sólo el acopio.
Así se vuelve sórdido,
un incapaz y amarrete,
por no ayudar a la gente
de su mismo territorio.

¡Levántate gran Tamar!,
mujer que eres tú, mi pueblo.
Exijamos el consuelo,
que nos lo quieren quitar.
Si no quieren trabajar,
llamemos a los ancianos
extendamos nuestra mano
y hagámolos humillar.

Quien no quiso ser hermano
cuando le pediste ayuda,
tendrá una condena dura
por su trato inhumano.
Será Onán condenado
pues pudiendo, no quería;
se negó a dar la vida,
ése fue su gran pecado.

 

 

Esta “poesía” intenta ser una relectura del Pecado de Onán de Génesis 38. Tal pecado se consideraba ser de índole sexual (véase “onanismo” en cualquier diccionario). Sin embargo, el relato bíblico va más allá de una moral sexual o matrimonial. Aún más, conectado intertextualmente con Deuteronomio 25, se lo ve como un pecado social, un exceso de codicia que perjudica el futuro de un hermano.

Es cierto que el texto no está centrado sobre Onán, cuanto sobre Judá y Tamar, y su descendencia, de la cual surgirá el Mesías. Pero me pareció ocurrente aprovechar la ambigüedad que provoca el pensar en el “pecado de Onán”, y encontrarse con un problema de justicia.

Surge esta simpática coincidencia de los disturbios que hemos vivido, y estamos viviendo, en Argentina. En las manifestaciones algunos de nuestros políticos son acusados -entre otras cosas- de (perdonen la vulgaridad) “pajeros” que es la traducción , insisto, vulgar de “onanista”. Aún sin saberlo, el pueblo herido identificó la interpretación más común del pecado de Onán, con aquella más social, que es la que aquí estamos sufriendo.

Hugo Pisana sj
Colegio Máximo de San José
CC 10 - B1663WAA
ARGENTINA
hugopisana@yahoo.com.ar