A modo de introducción fraterna

Las culturas en diálogo

Pedro Casaldáliga

 

 

La Agenda Latinoamericana, en este tercer milenio se ha puesto mundial. Más específicamente de ese mundo llamado tercero y de las personas y colectivos que con él se intersolidarizan. En el humilde y generoso intento de ayudar a construir la “otra mundialidad” -humana, humanizadora, frente a la globalización deshumanizante del neoliberalismo- la Agenda quiere recoger la palpitación, las luchas, las esperanzas de los pueblos del Tercer Mundo y de todo el mundo solidario.

Ahora bien, un país, un continente, el Tercer Mundo, el mundo& no son conglomerados de individuos sueltos, sino pueblos que aglutinan visceralmente personas, familias, clanes& en las respectivas matrices culturales.

Varios autores, bien cualificados, desde sus especializaciones nos ofrecen, en la Agenda de este año, perspectivas complementarias de ese fundamental fenómeno humano que es la cultura, que son las culturas –siempre en plural-.

 

Decir lo que es cultura ya parece más polémico, más resbaladizo. Cultura es un concepto polisémico y con frecuencia pervertido. Reunidos en un supuesto salón de alto nivel intelectual, varios especialistas en cultura quizá no se entenderían a la hora de definir.

Cultura significaría para unos las grandes realizaciones de las artes, de la educación, de la religión. Sólo los artistas, los intelectuales y los ministros de la religión serían los hacedores de cultura. La masa popular, los pueblos “primitivos”, no tendrían cultura; serían incultos.

Para otros, cultura sería sinónimo de valores o antivalores universales: cultura de la paz, cultura de la solidaridad, cultura de la violencia, cultura de la muerte& O sería también, para otros, como una superestructura o ideología; y así la cultura de una nación podría venir a ser un manto colectivo armonizador que encubriera las relaciones sociales conflictivas.

Hoy día, además, se habla muy naturalmente de cultura de masa, y se la promueve con un diabólico interés, porque esa cultura es sinónimo fatal de mercado globalizador y de consumismo deshumanizante.

Pablo Suess, maestro en esta temática de la cultura, nos da una luminosa descripción de lo que la cultura es, colectivamente considerada, que es el modo legítimo de entenderla. “La cultura de un pueblo representa un sistema inserto en la historia de un pueblo o grupo social, donde se entrelazan un saber acumulativo con comportamientos internamente normativos y prácticas legitimadoras. La cultura proporciona la llave de lectura para el significado de los símbolos y del imaginario colectivo. Este sistema ‘cultura’ ha permitido a los diferentes pueblos construir su identidad, atravesar la historia y resistir contra las amenazas de muerte. La cultura –este ‘segundo medio ambiente’ colectivamente construido- es un sistema de resistencia y una estructura que ampara la vida. En el transcurso de la historia, grandes imperios fueron desmantelados por causa de la resistencia cultural de sus pueblos. La racionalidad cultural es una racionalidad ‘pro-biótica’, una razón en favor de la vida”.

 

 

El mundo es pluricultural, y debe serlo, para seguir siendo un mundo humano, y para que las diversas culturas de los diferentes pueblos continúen reflejando la imagen y semejanza de Dios con que van siendo creadas. Como cada persona es una imagen singular del Dios creador, cada pueblo es como una imagen colectiva de ese mismo Dios, que es comunidad trinitaria.

Todas las culturas son legítimas y en cuanto a legitimidad todas son iguales. No hay culturas superiores y culturas inferiores. No hay culturas atrasadas, como culturas. No hay subculturas. Todas las culturas, por lo demás, son dinámicas, procesuales, como la vida, como la historia. Culturas estáticas serían arqueología, museo cultural.

El progreso, en sí, no es cultura, y muchas veces es un ambiguo o mortal sustituto de la cultura de un pueblo. Y hoy, más que nunca, frente a la idolatría y el privilegio excluidor del progreso, es necesario advertirlo. Cultura es una matriz vital anterior y posterior al progreso.

Hoy se nos quiere imponer una macrocultura única que es pensamiento único, ideología sin contrincantes y dominación neocolonizadora. Negando las identidades, que son alteridades, impidiendo la armonía concertada de la Humanidad. La mayor dictadura, simultáneamente económica, política, cultural y también de hecho militar, que haya conocido la historia humana. Por que sea el mundo uno, y defendiendo apasionadamente la unidad de la familia humana, no por eso podemos aceptar esa unicidad niveladora, desde arriba, desde el poder apisonador.

 

La propuesta de nuestra Agenda para el año 2002 es Las culturas en diálogo. Todas las culturas. Todas por igual. En una danza divinamente humana, entrelazadas por el arco iris de la convivencia y de la paz. No en un choque de civilizaciones (Huntington), sino en una complementariedad fraterna. Un diálogo que escucha y habla, que acoge y da, que respeta y admira y se emociona como en un encuentro amoroso. Sin fundamentalismos. Sin etnocentrismos prepotentes. Sin hegemonías despectivas. Sin culturas dominantes y culturas oprimidas. Para que el mundo plural sea cada vez más fundamentalmente humano. “Cuanto mejor (se) respetan las peculiaridades de las diversas culturas, tanto más se promueve y se expresa la unidad del género humano”, ponderaba ya el Concilio Vaticano II en su documento, tan sensiblemente humanista, Gaudium et Spes (54).

Para la Iglesia cristiana muy fundamentalmente la inculturación del Evangelio, la encarnación de la misma Iglesia en las diferentes culturas, es un desafío cada vez mayor y en buena medida un “descubrimiento” reciente. A lo largo de su historia esa Iglesia ha escrito demasiadas páginas de dominación cultural y ha protagonizado, entre la cruz y la espada, entre la misión y la colonia, tristes hazañas de colonización camuflada de evangelización.

El diálogo de las culturas exige más explícitamente también el diálogo de las religiones. Dejar que Dios dialogue con Dios, a través de las balbucientes bocas humanas, cada una con su lengua, cada una con su cultura.

Un diálogo que es vital para la armonía y hasta para la sobrevivencia de la Humanidad. Juan Pablo II, hablando en Egipto con Tantawi, gran Imán de Al-Azhar, le decía: “Estoy convencido de que el futuro del mundo depende de las diversas culturas y del diálogo interreligioso. La vida de la raza humana está hecha de cultura y también su futuro”. Con toda razón y por una multisecular experiencia, se viene repitiendo, desde los más diversos sectores de la opinión pública y de las instancias decisorias, que sin el diálogo de las religiones y, más ampliamente, sin el diálogo de las culturas, es imposible la paz en el mundo. La Paz, que fue y es y será siempre fruto de la Justicia, será, cada vez más, fruto del diálogo.